El vínculo antes que las instrucciones…
Las rutinas fortalecen el aprendizaje de nuestros niños, les dan ideas claras del espacio, del qué hacemos día a día y nos permiten compartir aprendizajes con ellos. No obstante, las rutinas pueden dejarnos caer en una trampa peligrosa. En visitas a algunos programas las pasadas semanas, me he dado cuenta de que algunas educadoras llaman “rutina” a momentos de transición. Y esto esconde un peligro inminente.
El peligro radica en que el espacio de transición se vuelve un espacio de dar instrucciones directas para agilizar el día a día. Se pierde el momento empático y de comprensión educativa de la cotidianidad. Se pierde el momento donde nuestros niños comprenden por si mismos que pasamos de una actividad a otra. De un área a otra. De un momento del día a otro. Pero peor aún, se pierde el vínculo donde la educadora es espejo emocional de los niños. En esos momentos, la educadora se transforma en un general que vigila el movimiento de cada niño, en lugar de acompañarlo.
Las rutinas y transiciones están estrechamente relacionadas pero no son lo mismo. No lo pueden ser. Las rutinas implican cuidados, observación y empatía por parte del adulto. Son predecibles y repetitivas, pero con la apertura de que el infante explore. Son repetitivas porque nos permiten cuidar y darle información al infante, compartirle datos sobre su entorno, sobre el cuidado, sobre nosotros como cuidadores. Las transiciones implican un cambio de actividad o de área o de tiempo, pero esto no puede implicar que se pierda el vínculo empático entre el adulto responsable y el infante.
La inteligencia emocional de nuestros más pequeños se verá beneficiada si apostamos al vínculo antes que a las instrucciones…